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lunes, 26 de enero de 2009

Una señalización poco afortunada


La señalización de los monumentos siempre es necesaria y siempre es bienvenida. Pero ya que se produce una inversión pública importante también es necesario que se informe bien. Desgraciadamente no ocurre esto en el nuevo punto de información sobre la Iglesia Parroquial de San Pedro Apóstol de Monesterio. No sé quién será el autor del texto, pero destila una ignorancia supina elevada al cubo. Primeramente anuncia al monumento como «mitad iglesia, mitad fortaleza» y se explica así: «Con almenas en el exterior, elemento recurrente en las iglesias del sur de la provincia que hacen referencia al doble uso, religioso y militar, que éstos edificios tenían en determinados momentos». Ciertamente hay que ser muy indocumentado para hacer afirmaciones de tal envergadura. No sé de dónde se habrá sacado el autor tales conclusiones, del «uso militar» de la iglesia. Tampoco explica si desde ahí se tiraban saetas o había un cañón. El único «uso militar» por así decirlo, aparece cuando en 1937 se instaló un puesto de vigilancia antiaérea, ya explicado en este blog. Sobre esas almenas, cualquiera que haya estado en el tejado de la iglesia sabe perfectamente que tiene una función decorativa. Primeramente porque no tiene en el interior la suficiente altura para servir de defensa. En segundo lugar porque, aunque hoy es aterrazada la cubierta del altar mayor, siempre ha sido de teja, hecho que resulta muy dificultoso para estar ahí en permanente «uso militar».
Claro la descripción también tiene su dosis multicultural cuando se hace esta afirmación: «Aún conserva ese sabor mudéjar que dan la mampostería y el ladrillo sin enlucir». Esto es no más que otra tontería propia de indocumentados. Es más, en mi opinión es necesaria, y hasta urgente, una intervención para arreglar el exterior, que está en un estado deplorable. Si ese autor afirma que la falta de enlucido da el «sabor mudéjar» (no sé si salado o dulce, o quizás amargo), realmente la falta de enlucido es por simple dejadez. Del estado actual del paramento se deduce que no es precisamente para ser visto. Es más, es su día el exterior de la Iglesia de Monesterio no sólo estaba enlucido, sino encalado. Aún quedan restos de trozos encalados en
exterior del ábside. Cualquiera sabe que cuando una fachada de deja de encalar durante muchos años comienza a desprenderse el enlucido.
Otra cuestión que me ha llamado la atención es ésta: «Aunque originaria del siglo XV, la iglesia parroquial de San Pedro Apóstol ha sido profundamente modificada en el siglo XX». Ignoro de dónde se ha sacado que en el siglo XX se «modificó profundamente». La iglesia se construyó a caballo del siglo XV y XVI y se proyectó sobre una planta basilical de tres naves y techumbre de madera. A mediados del siglo XVII la Parroquia amenazaba ruina, y fue en la época del reinado de Carlos II cuando se autorizó el arreglo, y el arquitecto que se encargó de la obra mandó quitar los arcos que separaba las tres naves, y asimismo se construyó la bóveda de cañón del cuerpo de la Iglesia que sustituyó el techo de madera. Ésta es la única modificación importante de la fábrica.
Otra afirmación que sorprende es esta otra afirmación: «Las Guerras Carlistas, la de la Independencia y sobre todo la Guerra Civil supusieron una pérdida casi total, tanto de la fábrica original como del arte sacro que se guardaba en su interior». Primeramente, llama la atención el orden que el autor anónimo hace los conflictos bélicos, pues indica la Guerra Carlista (se supone que hace referencia a la primera, de 1833-1839) con la Guerra de la Independencia (1808-1814). Primeramente hay que decir que la Guerra Carlista no tuvo incidencia alguna en ese pueblo (que se sepa) y durante la Guerra de la Independencia no sufrió daños a no ser algunos robos protagonizados por los franceses, que se llevaron hasta el papel blanco del libro del bautismo de esa época. En esos dos conflictos no hubo ninguna «pérdida casi total». La pérdida total (no casi) se produjo en 1936. El autor lo explica así: «Retablos, grupos escultóricos, pinturas, libros, tejidos litúrgicos, orfebrería y otros objetos suntuarios fueron arrasados». Tampoco ha estado muy fino el autor de referencia. Según declaración del Párroco de la época, Rafael Trujillo Gala, libros no desapareció ninguno a excepción de algunos misales y el archivo musical; de orfebrería no desapareció mucho porque casi todo lo que había estaba recogido convenientemente.
En el actual tríptico de Monesterio, cuya parte histórica-artística ha sido redactado por mí, existe el siguiente resumen sobre la Iglesia Parroquial. Está redactado en base a la documentación que he localizado, no sobre suposiciones. Dice así:

«Del siglo XV son las primeras noticias escritas sobre la misma, consagrada al Apóstol San Pedro. Primitivamente se construyó siguiendo el modelo de planta basilical dividida en tres naves, éstas se materializaban mediante una serie de arcos. La prolongación de la nave central dio lugar al presbiterio o altar mayor. En aquel entonces, el altar mayor y la antigua sacristía eran las únicas abovedadas, mientras que el cuerpo de la iglesia era de simple techumbre de madera. Así el altar mayor destaca por la majestuosa bóveda de crucería de tradición gótica; en cambio modelo más sencillo se ensaya en la sacristía vieja. En la construcción se utilizaron todo tipo de materiales, destacando algunos restos romanos que se reaprovecharon. En el siglo XVI se remataron algunas de sus partes, instalándose en una torrecilla el reloj de la villa, de titularidad concejil. A mediados del mismo siglo -siglo XVI- se instaló un retablo en el altar mayor consagrado a San Pedro compuesto por doce lienzos y una imagen del titular de bulto y dorada. Este retablo fue sustituido, a mediados del siglo XIX, por otro procedente de un convento desamortizado de Llerena. Este último era un retablo manierista ejecutado en 1639 por el maestro ensamblador de Sevilla, Jerónimo Velásquez, colaborador en algunos trabajos de Zurbarán. En el siglo XVII, parte de la parroquia fue remodelada, desapareciendo el gusto basilical y la techumbre, sustituida ésta por una gran bóveda de cañón con lunetos en los laterales. De principios del siglo XVIII es la capilla del Rosario, con la gran cúpula sustentada por pechinas, y que sirvió como lugar de enterramiento para sus fundadores. En la década de 1940, en el proceso de rehabilitación de la misma, el pintor Eduardo Acosta Palop decoró las pechinas y la cúpula del Sagrario -los cuatro evangelistas sostienen las escenas del Triunfo de la Eucaristía-; también realizó los azulejos que se pueden admirar en la capilla del Crucificado. Además participó en la decoración de algunas capillas el pintor, también hijo del pueblo, Antonio Pérez-Carrasco Megía. En la platería de la Iglesia se conserva la Cruz Procesional, ejecutada por el maestro de la escuela Sevilla, Francisco de Alfaro, en 1597».